miércoles, 30 de julio de 2008

Ni roja, ni amarilla... Franja Morada

La juventud estudiantil nucleada en Franja Morada respiraba los vientos de los 70, pero con un registro propio. Formado mayoritariamente por jóvenes radicales, hijos de radicales, este espacio estudiantil se definía por su obstinada adhesión a la formalidad democrática pese al marco de violencia impuesto por la dictadura. La nota incluye el testimonio de Alcides Lopez, secretario general del Movimiento Universitario de Renovación Auténtica (MURA). Actualmente es senador nacional por su provincia.

La juventud estudiantil nucleada en Franja Morada respiraba los vientos de los 70, pero con un registro propio. Formado mayoritariamente por jóvenes radicales hijos de radicales, este espacio estudiantil se definía por su obstinada adhesión a la formalidad democrática pese al marco de violencia impuesto por la dictadura.
El referente reciente había sido sin duda Arturo Illia. Con él, el radicalismo tomó distancia del conservadurismo de Ricardo Balbín y volvió a vincularse con posiciones antioligárquicas como el proyecto de gravar la Renta Normal y Potencial de la Tierra y el toque de nacionalismo yrigoyenista frente al problema petrolero, la deuda externa, la Ley de Medicamentos y la vuelta a la neutralidad en la crisis de Santo Domingo.
Si en el pasado la Semana Trágica y la Patagonia Rebelde fueron manchas oscuras, la Reforma del 18 le dio color al movimiento yrigoyenista. Y Franja Morada heredó esos paradigmas, en tanto que Illia trancó la relación con los sectores golpistas cuando se negó a intervenir las Universidades.
Si bien la Franja no se caracterizaba por su fuerza movilizadora, se enfrentó a su modo a la dictadura de Onganía. El estudiante de ingeniería Alonso, que militaba en sus filas, fue el gran orador de la asamblea estudiantil que en el Pabellón Argentina de la Universidad de Córdoba propuso en 1966 la huelga de repudio a la intervención a las Universidades.
Franja Morada no tuvo una actitud hostil pero tampoco alentó los organismos de representación directa, como los cuerpos de delegados, a través de los cuales se expresaba democráticamente un movimiento estudiantil en creciente movilización. Los cordobazos, las puebladas y las revueltas en que los estudiantes desarrollaban formas de autodefensa junto a los obreros, no le hicieron mella hasta el punto de alentar algún tipo de experiencia armada.
Los franjas se bancaron un papel más que secundario en los momentos de enfrentamiento abierto en la lucha antidictatorial. Cuando los centros estudiantiles comenzaron a normalizarse y el voto recuperó un espacio institucional en la Universidad, demostraron ser una fuerza con poder de negociación. Fue entonces que Fredi Storani pasó a encabezar la FUA.
Siempre se recordará a Ernesto Caimán Aracena, de traje oscuro, corbata y zapatos al tono, toda una excentricidad en las asambleas de Filosofía de Córdoba, respetuoso del ambiente guevarista, haciendo uso de la palabra para sentar sus posiciones.
Luego vinieron las elecciones en los centros estudiantiles y, para sorpresa de todos, Aracena ganó por muerte el centro de la Facultad de Derecho de Córdoba. No faltó un amigo que lo mandó en cana: el Caimán habría armado la lista pidiendo nombres prestados; una semana antes. teléfono en mano, "punteó el Padrón" y el triunfo quedó asegurado.
El entusiasmo de los franjas llegaba hasta la lucha callejera. Más allá de eso, cualquier confrontación los sobrepasaba. En los cuerpos de delegados, donde la crítica a la Universidad superaba el gobierno tripartito y avanzaba en el cuestionamiento a los contenidos de la enseńanza, los franjas no sobresalían pues estas cuestiones escapaban a sus preocupaciones. Tampoco aportaron a los debates que conmovieron la militancia activa de la época: carácter del capitalismo dependiente, estrategias para el desarrollo, procesos revolucionarios, nueva teología, etc.
Se aferraban a la reivindicación de los centros de estudiantes, sabedores de que en el juego electoral pasarían al frente, al menos en las masivas carreras tradicionales. De ahí que fueran las facultades de Derecho las que mejor acogían su discurso. Allí se insertaban en sectores retraídos del movimiento estudiantil que repudiaban a la dictadura y defendían la Universidad pública, pero tomaban distancia cuando la lucha se generalizaba en el movimiento popular adquiriendo formas de organización más radicales.
Sin embargo, su acumulación se apoyaba en definiciones políticas, a diferencia del Movimiento Nacional Reformista (MNR), su aliado natural, cuya acción universitaria era fundamentalmente reivindicativa -apuntes, bares, correlatividades-, actividad que los socialistas populares pudieron mantener aún bajo la última dictadura militar.


FRANJA MORADA, RADICALISMO Y UNIVERSIDAD

Desde sus comienzos con el gobierno de Illia, Franja Morada atravesó diferentes coyunturas: sobrevivió a las dictaduras de Onganía y de Videla y desde su seno salió, en la reunión de Setúbal que dio origen la Coordinadora Nacional en 1968, la iniciativa para disputar el poder interno del radicalismo.
Franja soportó estoicamente la peronización de los sectores medios y del movimiento estudiantil en 1973, especialmente en la Universidad de Buenos Aires, así como la inserción de la izquierda revolucionaria en vastas capas juveniles. Entonces perdió organismos estudiantiles y numerosos militantes emigraron a otros grupos, especialmente al Partido Revolucionario de los Trabajadores, muchos de cuyos cuadros tenían un origen radical.
No obstante, la vigencia de un espacio social que identificaba al radicalismo con la Universidad pública, así como la legitimación de Franja Morada en el partido a través de la Coordinadora Nacional, fueron fundamentales en la evolución que culminó ańos después en una estructura de poder considerable.
Vastos sectores juveniles y progresistas del radicalismo evolucionaron desde una relación traumática bajo la presidencia del comité nacional de Ricardo Balbín hasta el ensamble como base fundamental del gobierno de Raúl Alfonsín.
El tradicionalismo conservador balbinista, a pesar de su predominio en la cúpula, había tenido que moderar pretensiones previo a las elecciones presidenciales de 1963, de manera que fue el cordobés por adopción, Arturo Illia, quien encabezó la fórmula y asumió luego el gobierno. La violencia del planteo dictatorial de Onganía, al desplazar al radicalismo del gobierno, disolver los partidos y declarar la ilegalidad de la actividad política, dejó sin cobertura a una conducción partidaria cuya mayor virtud era pilotear situaciones difíciles en un toma y daca burocrático. Pero Onganía era incapaz de distinguir matices y, por lo tanto, todos los radicales eran igualmente dańinos, algunos por adoptar posiciones intransigentes y otros por permitirlas.
En la confrontación que proponía Onganía, el radicalismo tuvo un curso errático y una estructura desintegrada. Lo poco que aparecía en este escenario de chatura era el propio Illia, quien, poseedor de una valoración ética y moral indiscutida en el partido, protegió los protagonismos más confrontativos.
Militantes activos como Conrado Storani, Carlos Becerra, Aldo Tesio, entre los más notables, guardaron una relación estrecha con el médico cordobés, quien se abrazaba con Raimundo Ongaro y Agustín Tosco y alentaba al ferroviario Scipione, número dos de la CGT de los Argentinos.
En este clima partidario, los jóvenes que con gran esfuerzo incorporaban una representación radical en la lucha contra la dictadura, fueron ganados por la impaciencia y se dirigieron a Setúbal para decidir cómo rompían el corset balbinista. Alfonsín, que comenzaba a enunciar una propuesta opositora y de mayor confrontación antidictatorial, fue elegido por el grupo como referente. Si bien esta iniciativa alfonsinista tenía la ambigüedad de su origen, el estrecho vínculo de Alfonsín con Conrado Storani y Becerra le dieron confiabilidad frente a la flamante Coordinadora.
Una estrategia partidaria y una propuesta política nacional tomaban forma con el nacimiento de Renovación y Cambio, corriente interna que en 1972 generó la primera confrontación fuerte con el balbinismo.
A su vez, la Universidad, que desde temprano había establecido una relación amigable con el radicalismo, a partir de la Franja y la Coordinadora, pasó a ser un sector social de decisivo protagonismo interno.

Juan Iturburu

1 comentario:

La Peste dijo...

Esto no puede ser mas aburrido por falta de inspiración. Debatamos, por ejemplo de la hegemonía K